A principios del siglo XVI, el imperio inca se extendía sobre una vasta región, desde la actual Colombia hasta Chile. Dirigido desde Cusco, este imperio se caracterizaba por una fuerte centralización, redes de caminos excepcionales y una cultura floreciente. Sin embargo, la llegada de los conquistadores españoles iba a cambiar para siempre la historia del continente.
En 1526, Francisco Pizarro, un explorador español, desembarcó por primera vez en la costa peruana. Fascinado por los relatos que evocaban inmensas riquezas y ciudades de oro, regresó a España para obtener la autorización oficial de la Corona con el fin de conquistar estas tierras. Cuando regresó en 1532, acompañado de una pequeña tropa de apenas doscientos hombres equipados con armas de fuego y caballos, encontró un imperio profundamente debilitado. De hecho, las enfermedades europeas ya habían diezmado a la población, y una sangrienta guerra civil enfrentaba a dos medio hermanos incas, Atahualpa y Huáscar, por el control del trono.
El momento de su llegada coincidió con el final de este conflicto fratricida: Atahualpa salió victorioso. Pero poco después, en noviembre de 1532, cayó en la emboscada tendida por Pizarro en la plaza de Cajamarca. Capturado, el Inca intentó comprar su libertad ofreciendo un rescate legendario en oro y plata. A pesar del pago de este fabuloso tesoro, Atahualpa fue juzgado de manera expeditiva y ejecutado en 1533, marcando así el fin político del imperio inca y el verdadero punto de partida de la dominación colonial española.
Con el fin de establecer un centro de mando estratégico orientado hacia el mar, Pizarro fundó la "Ciudad de los Reyes" en 1535, que rápidamente tomaría el nombre de Lima. Esta ciudad se convirtió en la capital indiscutible del virreinato del Perú. Se impuso como el corazón político y económico del poder español en América del Sur, albergando las principales instituciones administrativas, religiosas y comerciales de la colonia.
En su apogeo, el virreinato del Perú englobaba la casi totalidad de los territorios españoles de América del Sur. Gracias a su puerto vecino, el Callao, Lima se transformó en un centro neurálgico del comercio marítimo transatlántico. Fue desde este puerto que los galeones fuertemente cargados de oro, plata y otras riquezas naturales del continente pusieron rumbo hacia España. Paralelamente, Lima se convirtió en un centro religioso principal, viendo la erección de suntuosos monasterios e iglesias, mientras que las misiones católicas se extendían por todo el territorio con el objetivo de convertir masivamente a las poblaciones autóctonas.
Los colonos españoles instauraron rápidamente un modelo económico basado casi exclusivamente en la explotación intensiva de los recursos naturales peruanos. La punta de lanza de esta economía se convirtió pronto en la extracción minera, y en particular las célebres minas de plata de Potosí (ubicadas en la actual Bolivia), que se convirtieron en una de las principales fuentes de riqueza de todo el imperio español.
Para hacer funcionar estas minas, la explotación dependía del uso forzado de la mano de obra indígena. Se implementó el sistema de la encomienda: la Corona distribuía vastas tierras y trabajadores indígenas a los colonos. En teoría, a cambio de este trabajo, los colonos debían "proteger" y catequizar a los autóctonos, pero en la práctica, este sistema legalizaba condiciones de trabajo inhumanas, a menudo cercanas a la esclavitud.
Además de la extracción de metales preciosos, el Perú se desarrolló como un importante polo agrícola. En la costa y en los valles, los colonos fundaron grandes propiedades agrícolas llamadas haciendas, donde se cultivaba caña de azúcar, cacao y maíz. Estas inmensas plantaciones fueron el escenario de una explotación intensiva de los trabajadores autóctonos, pronto reemplazados en la costa por miles de africanos traídos al Perú como esclavos.
La dominación colonial española no se instaló sin una feroz resistencia. Desde el comienzo de la colonización, los incas intentaron reconquistar sus tierras. Manco Inca, inicialmente colocado en el trono como líder títere por los españoles, organizó una gran rebelión en 1536. Obligado a retirarse, se refugió en la inaccesible región de Vilcabamba, desde donde libró una incansable guerra de guerrillas contra los colonos durante casi cuarenta años. Esta heroica resistencia se extinguió definitivamente en 1572 con la captura y ejecución de su último sucesor, Túpac Amaru.
Sin embargo, el espíritu de rebelión perduró. La época colonial estuvo marcada por numerosos levantamientos locales, el más famoso de los cuales estalló en 1780. Túpac Amaru II, un descendiente de los últimos emperadores incas, lideró un importante levantamiento para protestar contra los abusos insostenibles cometidos por las autoridades españolas contra su pueblo. Aunque su movimiento fue brutalmente reprimido, sigue siendo para siempre una figura emblemática de la lucha por la dignidad y los derechos de los pueblos indígenas.
Durante el siglo XVIII, la corona española, ahora bajo la dinastía de los Borbones, buscó reorganizar la administración colonial. El objetivo de estas "reformas borbónicas" era aumentar la eficacia del control metropolitano, centralizar el poder e incrementar los ingresos fiscales de la Corona mediante la instauración de nuevos impuestos. Estas medidas fueron muy mal recibidas en el Perú y avivaron las tensiones entre la Corona, las poblaciones indígenas y los colonos españoles.
Paralelamente, el final del siglo estuvo marcado por la difusión de las ideas de la Ilustración. Los resonantes éxitos de las revoluciones en América del Norte y en Francia comenzaron a inspirar nuevas ideas de emancipación política. Mientras la situación económica colonial se deterioraba a principios del siglo XIX, surgieron grandes líderes como José de San Martín y Simón Bolívar con la firme ambición de liberar al Perú del dominio español.
La marcha hacia la libertad se aceleró en 1820, cuando el ejército de José de San Martín desembarcó en las costas peruanas. Tras llevar a cabo una brillante campaña, hizo su entrada en Lima en 1821 y proclamó oficialmente la independencia del Perú. Sin embargo, esta declaración no puso fin a la guerra, ya que las fuerzas españolas se replegaron en Los Andes y continuaron controlando importantes regiones del país.
No fue hasta 1824, tras la célebre batalla de Ayacucho y gracias a la intervención de Simón Bolívar, que la independencia peruana se logró definitiva y militarmente. Esta victoria histórica marcó el fin total del control español sobre toda América del Sur. Liberado del yugo colonial, el Perú entró en una nueva era, marcada por luchas políticas internas y una larga búsqueda de estabilización.